
Me gustan las mantas. Todo es perfecto en el mundo "mantuno". Es oscuro, sólo caben dos, y además puedes jugar con el frío si asomas tus pies de vez en cuando.
En los días de invierno me gusta rodearme con una de ellas y andar por casa enmantada. El café es gran amigo de esas tardes. Llevo un par de días bajo una de ellas y me he dado cuenta de que se está muy a gusto escondida, hasta que llega el momento en el que sobran los eufemismos y es hora de dejar de lavarse la boca con jabón.
Nos gusta fingir que somos fríos y que no tenemos miedo a nada. En realidad, todos tenemos una manta para esconder la debilidad, la fragilidad, el miedo. No conozco a nadie a quien no le persiga algo, o alguien. Aunque intentemos esconder el dolor en un armario o bajo una manta, solemos fracasar. El único modo de sacudirse las telarañas es pasar página, o dejar que la propia historia descanse.
2 comentarios:
Por eso me encanta el frío, porque puedes pasear tu manta sin que parezca que te escondes, porque el calor que te creas te protege del exterior y te aisla de las malas jugadas. En verano, las debilidades quedan expuestas al sol y corres el riesgo de quemarte. Y si no es por fuera, otros se encargarán de que los rayos te calen dentro.
Muy bueno, Mimi, muy bueno.
Gracias Break, todo un halago viniendo de ti. No sigamos con tanto piropeo que me pongo nerviosa y me sonrojo...jajaj!
Un biquiño! jajaja
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